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Defendamos los Derechos de la Infancia – María Fuertes

El pasado 4 de Septiembre de 2015 desayunamos, comimos y cenamos con la imagen de Aylan Jurdi tendido sin vida en una playa turca.  Huía de la guerra en Siria. Aylan tenía 3 años y había nacido, al igual que su hermano Galib de 5 años, (también fallecido en el naufragio) en un país sin paz.

Aylan y Galib tendrían que haber estado jugando, riendo, haciendo travesuras, leyendo, dibujando, corriendo con sus amigos, contando historias o haciendo aviones de papel. En cambio sus primeros años de vida estuvieron marcados por el ruido de las bombas, las sirenas de las ambulancias, el miedo y la angustia.

Nadie debería jamás pasar una por experiencia así y muchos menos los niños y las niñas. Actualmente hay miles de niños y niñas que cada día ven como sus derechos más básicos son violados y cómo la famosísima Declaración  de los Derechos del Niño y la Niña es tan sólo papel mojado en todas estas circunstancias.

Desde mi punto de vista, es importante aprovechar  las emociones que suscitan hechos tan horribles como este, canalizar lo visceral y, en palabras de Freud, “sublimarlas hacia un fin socialmente aceptado” como puede ser la LUCHA y la defensa de los y las más  pequeños. Una lucha no entendida en sentido literal con connotaciones políticas sino relacionándola con la idea de activismo civil. “Canalizar y organizar” la rabia hacia el activismo en la defensa de los más vulnerables sirve para trasformar situaciones de injusticia y exigir responsabilidades a los causantes de la misma.

Recuerdo un episodio que viví hace ya varios años en el Centro de Primera Acogida Isabel Clara Eugenia (Hortaleza) en el que, como educadora de noche tenía que atender a los niños y niñas que nos llegaban a cualquier hora. Recibimos a un niño rumano que había sido recogido de la calle por la policía. Tenía unos 10 años y era  utilizado por su familia para mendigar, robar y engañar a los turistas. Mi trabajo consistía en atenderle en su llegada, darle ropa limpia, prepararle la cena por si venía sin comer, y proporcionarle un lugar donde dormir.  A mí me pareció que,  además de todo esto mi obligación  como profesional y  también como persona era extensible al ámbito emocional y que debía escucharle, darle cariño y proporcionarle seguridad. Una compañera al verme actuar así me dijo: “no te tomes tantas molestias, que a este ya le conocemos y es un ladrón.  No le des de cenar y ándate con ojo a ver qué hace”

Al escuchar estas palabras, yo sentí vergüenza por compartir profesión con alguien así y tuve la necesidad de recordarle que ambas éramos defensoras y cuidadoras de los niños. Le recordé la Declaración de los Derechos del Niño y la Niña e informé de este incidente a  la directora del centro.

No sé qué ocurrió con esta compañera ya que era funcionara del Servicio de Protección a la Infancia de la Comunidad de Madrid pero sí sé qué pasó conmigo. Me sentí orgullosa de mí misma y me emocioné cuando escuche las GRACIAS de este  niño.

Con esta reflexión quiero reflejar que si somos educadores y educadoras  también debemos ser defensores de los Derechos Humanos en general y de los Derechos de los Niños en particular. Tenemos que estar siempre alerta y en constate autocrítica y formación continua.  Y hechos así  me hacen preguntarme: ¿Se es un buen educador/a cuando no  se es coherentes y  activista en la defensa  de los Derechos de la Infancia?  Mi  respuesta ha sido NO.

Creo que tenemos que pensar seriamente en esto. No podemos ser buenos educadores/as cuando no nos revelamos ante los atropellos que sufren  los niños y las niñas. No sólo tenemos que defender a “nuestros niños y niñas” sino a todos los “niños y niñas de la humanidad” que son también los nuestros. Creo que hay muchas maneras de hacerlo:

– Negarnos a comprar en aquellos establecimientos que sabemos que tienen a menores como mano de obra ( HyM, Nike, Adidas,  o el  Grupo Inditex.

– Denunciar ante el defensor de la Audiencia aquellos programas que se emitan en horario infantil y no fomenten valores positivos (como por ejemplo, Sálvame).

– No votar a partidos políticos que no garanticen  el derecho básico a la educación púbica y gratuita.

– Enfrentarnos (y si es necesario denunciar) a los compañeros/as de trabajo o a organizaciones que no respeten  a la integridad o la identidad de los niños y las niñas (como por ejemplo sucedió con la ONG Fundación ó´Belen).

– Conciliar nuestra vida familiar y personal para que nuestros hijos e hijas disfruten de un ambiente familiar seguro y positivo, se desarrollen integralmente y sean felices.

– Generar espacios de participación para los niños y las niñas donde se sientan valorados, escuchados y tomados en consideración.

Es necesario actuar porque como muy bien dijo Maria Montessori: “Si existe para la humanidad una esperanza de salvación y ayuda, esta no podrá venir más que del Niño porque en él se construye el Hombre”.       

María Fuertes. Escribano Cortes

Fotografía del artículo

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